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TRIFAITER



Aunque el pibe se llama Miguelito, le dicen "Trifaiter", por ese jueguito de computación que se llama Street Fighter. Es un enloquecido: conoce todos los trucos de todos los juegos, ha ganado batallas imposibles. Es chiquito, no tiene campera de cuero negro ni se la pasa gritando malas palabras como los muchachos más grandes, pero cuando entra al local de videojuegos, pasa como en esas películas de vaqueros en las que cuando entra el tipo duro todos se callan en el salón. Nadie sabe como ha conseguido que le compren el family, el sega, las pistolas, ¡uff! Tiene el mejor equipo de todo el barrio. Desde que se metió en esto, ha dejado otras importantes ocupaciones: no juega más a la pelota, ni sale a andar en bicicleta, no junta más figuritas: es, como ya se dijo, un en-lo-que-ci-do. Mejor dicho ERA. ¿Por qué? Ahora se van a enterar.

Hace unas semanas, Trifaiter anunció en el local de videojuegos que pensaba batir todos los récords de permanencia en un videojuego. Iba a aprovechar que el fin de semana solo quedaba en casa la Abuela (que no se opone a ninguno de sus deseos) e iba a quedarse cuarenta y ocho horas seguidas jugando. Ya ven ustedes que lo de enloquecido no es porque sí nomás.

Ese día armó todo su equipamiento para prepararse para la batalla, los cassettes, los equipos, los cables, y empezó: Mortal Kombat III, Street Fighter II, Mario Bross, Double Dragon y todo el resto, uno tras otro, llegando a la final, ganando y anotando en un papel sus victorias. A las quince o dieciséis horas de jugar, apenas había tomado un vaso de leche y un sandwich de jamón y queso, prohibiendo terminantemente a la abuela que se metiera en su habitación.

De pronto, entre todos los cassettes, vio uno que casi nunca había jugado: Interior Mistery. Aunque lo había descartado porque le pareció medio estúpido la primera vez que lo jugó, ya no sabía a qué jugar, así que lo puso en el Sega y empezó. ¡Para qué!

Al principio, el jueguito parecía una copia trucha de cualquier pelea callejera, hasta aparecían algunos personajes de otros juegos: Blanca, Sonya.... pero no pasaba nunca de nivel, a pesar de que iba dejando la pila de vencidos al costado.
 
 

Cuando ya estaba por abandonarlo aburrido, de golpe se blanqueó la pantalla y apareció un cartel en letras grandotas rojas, chorreando, como escrito con sangre, que decía: "¿Te animas a seguir, muchachito?"

"Sí", contestó Trifaiter. "Adelante entonces. Pasemos de nivel" contestó la máquina, y por el audio se escuchó una carcajada malévola, como de película de ....

En la pantalla se vio de pronto a un guerrero monstruoso, tipo Goro, que le dijo: "Ven aquí, muchachito" y antes de que Trifaiter pudiera mover el joystick o hacer cualquier cosa, el brazo tremendo del tipazo salió de la pantalla, lo tomó del cuello, lo llevó para adentro y lo tiró contra una pared. Trifaiter no entendía lo que pasaba: ¡Estaba dentro del videojuego! Y eso no es nada: Tenía enfrente un tipo de dos metros, con unos músculos terribles, dispuesto a practicar karate con él: y no había ningún botón ni truco para aplicar. Antes de poder pensar nada Trifaiter salió corriendo, mientras escuchaba las carcajadas del gigante. paso por un túnel y rápidamente se encontró en otro salón.

Esta vez era una chica muy linda la que estaba dispuesta a reventarlo a patadas. Por suerte el vio en el piso una bola de hierro y se la tiró por la cabeza. La chica la esquivó pero eso le dio tiempo al muchachito para escapar nuevamente. Ahora se quedó un rato en el pasillito oscuro. Ahora tenía ganas de llorar: sabía que fuese a donde fuese habría luchadores dispuestos a deshacerlo a piñas. Sabía también que la única manera de salir del juego era llegar a la final, o perder, ser destrozado a golpes y que entonces la máquina dictaminase: Game Over.
 
 

Estaba en eso cuando se apareció un tipito petisito, con mameluco y herramientas de plomero. ¡Mario Bross! "Este plomo que anda saltando cañerías" pensó Trifaiter. Mario Bross le hizo una seña de que lo siguiera. Y salieron a un campo lleno de tubos como caños por los que se podía entrar, salir, pero Mario parecía preferir ir por la superficie, saltando y esquivando unas abejas gigantes. El pibe corría atrás del petisito, y pensó que le hubiera gustado haber jugado más a la pelota, haber andado más en bicicleta, o sea, ser más ágil, más rápido, sobre todo cuando no pudo esquivar una abeja y sintió el dolor del pinchazo en la cola. El hombrecito corría y le hacía señas de que se apurase. Trifaiter sabía que si lo legaban a picar tres veces, chau, moría, y en ese momento lo picaron por segunda vez, esta vez en el brazo. Mario, gritándole lo hizo entrar en un túnel y corrieron, con una de esas abejas siguiéndolos y cuando sintió que ya el zumbido de la abeja le pegaba en la nuca vio un pasadizo cuadrado chiquito y se tiró adentro. Inmediatamente se vió envuelto en algo parecido a un ventilador y dio vueltas y más vueltas hasta salir despedido como por una catapulta y caer en un piso. Había una cama enorme, una mesa enorme, era la casa de un gigante. Pero cuando se puso de pie y miró vio que era su propia pieza, sólo que él había quedado del tamaño de un muñequito de videojuego. En eso entró la abuela a la pieza y él tuvo que gritarle "¡Cuidado, abuela, que me pisás!" y la abuela, cuando lo vio, casi se desmaya y empezó a gritarle: "¡¿Pero que hiciste Miguelito?! Y ahora que hago...tu mamá me va a matar. ¡¿Qué hago Dios mío?!" Y empezó con toda la lista de santos a los que siempre le reza. Después probó con unos remedios caseros: le dio te de unos yuyos, le midió el empacho, le hizo comer hígado que es muy bueno porque tiene hierro, jugo de naranja, pero Trifaiter no sólo no creció, sino que se agarró una colitis. Después llegaron los padres y armaron un escándalo de aquellos. "¡Qué habrás hecho!" decía la madre agarrándose los pelos. "No se te puede dejar sólo, ¡qué mocoso!" decía el padre y llamaron a la vecina de al lado que es médica dermatóloga, después fueron a la guardia de un hospital, le hicieron análisis, radiografías, hasta a un psicólogo lo mandaron, para llegar a la conclusión de que Trifaiter se había quedado así chiquitito por una mutación electrogenética. (Qué quiere decir eso nadie sabe pero cuando lo escuchan todos se quedan más tranquilos: ah, era eso, menos mal) Y Además, nadie sabe como hacerlo crecer de nuevo. Por eso Trifaiter se acostumbró a ser chiquito, le compraron un juego de muebles de la Barbie, va a la escuela en el bolsillo de un compañero, la maestra tuvo que acostumbrarse a corregir el cuaderno con lupa, y aunque no puede jugar a la pelota con los otros chicos, juega a la bolita, participa de las funciones de títeres que hacen en el jardín, ha aprendido a contar chistes y hace poco firmó un contrato con el programa de Susana Gimenez para actuar en la tele.

Pero eso sí, Trifaiter no juega más a los videos.